Nestor Kirchner 10 años. De hombre del destino a paradoja maldita

Por Ariel Magirena

Puede un pueblo olvidar la crisis económica más grave de su historia? El previo de esto es la «máquina de matar». Un plan que fue patentizándose desde los bombardeos del 55, el exilio de Perón, los fusilamientos del 56, la proscripción del peronismo y de la Constitución del 49, la prisión de los militantes de la resistencia y la prohibición de la palabra (ibas a prisión por pronunciar Perón o cualquiera de sus símbolos). En la década del 70 se profundizó con el genocidio y la peor expresión del terrorismo de Estado, que se comió una generación y desarticuló la red social.

La política (que había sido guardada, protegida y reproducida en la intimidad durante los años de la resistencia peronista) desapareció de los hogares como modo de los sobrevivientes de proteger a sus cachorros. La certeza era que la militancia conducía a la muerte; la receta era «no te metas en política» y la frase de diseño de los publicitarios de entonces -que penetró dramáticamente-, «algo habrá hecho».  «Algo» (indefinido) y «hecho» (cualquier acción). Y permítanme remarcar esto: lo contrario de «algo» es «nada» y lo contrario de «hacer» es «no hacer» y ese era el mensaje. La política en la argentina sería otra desaparecida si los propios errores del régimen y la configuración del nuevo modelo geopolítico dictado por el imperio (el de las democracias restringidas) no hubieran apurado su salida.

La política argentina floreció de un tronco moribundo con los actores que el genocidio permitió y los pocos que se le escaparon. Con lograda mayoría de políticos que sirvieran a ese país se construyó la nueva política desde la “recuperación” institucional y -por si la política real resucitara- se materializó el plan para su vaciamiento y desprestigio. En ese concierto, y consumada la destrucción de la capacidad de respuesta del Estado durante el alfonsinato, un peronismo penetrado (el partido que representaba a las masas populares había llegado al ’83 con sus cuadros muertos, desaparecidos, presos, en el exilio o clandestinos) consuma la traición de los ’90. El vacío de la política se consiguió con muerte. Los medios de comunicación actuaron después sustituyendo la política. 

La crisis que abrió el nuevo milenio coronó la eclosión del sistema de representación siendo la gran sorpresa que la salida la dieran los despojos de la política: el único partido que quedó en pié. La peor versión de un justicialismo burocratizado y dirigido por personajes tenebrosos y desprestigiados fue la tabla de salvación que permitiría la transición. Esa misma versión residual del PJ que salvó la democracia, también guardaba la esperanza. 

Néstor Kirchner se había anunciado a si mismo cuando, sin pudores, exhibía en las paredes de su unidad básica en Rio Gallegos que “donde hay un peronista hay esperanza”. Nadie pedía ni esperaba -por esos días-nada de la política. Instalado el paradigma mercantil de la política, aceptado gustoso por el progresismo -que sostuvo y fundamentó la convertibilidad hasta su muerte en 2002- la aspiración más ambiciosa del electorado argentino era la gobernabilidad y, si fuera posible, (por favor…) el honestismo.

El PJ parecía perdido luego de que la UCD (el partido de la derecha neoliberal que por primera vez en la historia se había convertido en potencia electoral con casi dos millones de votos) se suicidara para dar sus cuadros a Menem afiliándolos al PJ para gestionar el proyecto oligárquico imperialista, el que terminó cerrando el gobierno radical en 2001 en su alianza autodefinida como progresista. Pero aunque el clamor representaba a la antipolítica -pidiendo «que se vayan todos». el pueblo depositó sus certezas nuevamente en el partido de Perón y la compulsa se dirimió en elecciones entre el peronismo de la traición y del pasado reciente y el peronismo de las posibilidades y del futuro.

Mientras se buscaba la salida de la crisis, sonaban cacerolas, se enjuiciaba al estado “por sus dólares” y se reinventaba un modo informal (que también se corrompió velozmente) de las relaciones económicas en el capitalismo monetarista -el trueque- el gobierno de Néstor Kirchner destruía la Corte Suprema de la mayoría menemista, derogaba los decretos de protección de represores pedidos por la justicia extranjera, pasaba a retiro a decenas de altos mandos militares, promovía la política de derechos humanos, imponía una quita de 60 mil millones de dólares a la deuda externa, rompía con el FMI, aniquilaba las relaciones carnales con Estados Unidos, restablecía relaciones con los países de la región, derogaba la “ley banelco” de flexibilización laboral, recuperaba las paritarias, anulaba las leyes de impunidad, promovía los juicios a los represores, retiraba los retratos de los generales golpistas del Colegio Militar, cedía la ESMA a las madres y los Organismos de DDHH… y más. Nada de esto estaba en la agenda electoral, pero nada de eso estaba fuera de una convicción ideológica: el imperativo del retorno al camino de la revolución inconclusa, por la Patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Recuperaba el proyecto de Perón.

Lejos de ser una anomalía, Néstor Kirchner se convertía en el hombre del destino, el brote del roble fresco tras el incendio que arrasó el bosque. Ninguna otra cosa que peronismo para resucitar la Nación. Reconstrucción del frente nacional y popular, recuperación de derechos, sentido nacional de la economía, reivindicación de la lucha social y de los luchadores, protagonismo de la clase trabajadora y sus organizaciones, fortalecimiento del Estado e integración regional. En un contexto de acoso a la Nación distinto pero análogo por su gravedad, el modelo de gestión de Perón de los ’70: aun concediendo, ponderando el momento histórico y las oportunidades para los múltiples frentes de batalla, consolidando las victorias, deshaciendo ataduras, acumulando fuerzas como sustento de un programa de reparación de daños y resurrección de la cultura de derechos frente al recrudecimiento del odio de clase -la resistencia de la vieja peladura de la serpiente con la que Marechal describía el derrotero histórico de la Patria-.

Néstor gobernó en condiciones inéditas para Perón -después de un genocidio- pero en un contexto anunciado por Perón y para el cual preparaba a la Argentina en el “Modelo Argentino”: el de la sofisticación y la perversión del modelo imperialista y del gran capital. Hoy los monstruos del sistema y su poder son -como adelantó Perón- más peligrosos y letales. Se repiten las encrucijadas de Perón en sus últimos días: un frente cipayo interfiriendo el reclamo popular, la ausencia de una alternativa política Nacional, una interna sin códigos en el frente de gobierno (que costó tres derrotas consecutivas y la debilidad del FdT) y la disputa ideológica sobre el proyecto Nacional y Popular (hoy con un supuesto «progresismo» y en aquellos días con una supuesta «izquierda»).

Muchas de las banderas de lucha de 37 años, desde el retorno a las instituciones, habían sido satisfechas en el marco de la estrategia de Néstor Kirchner de desendeudamiento sin costo social con eje en el desarrollo productivo. Por otra parte hitos como la Ley de Medios, la renacionalización de YPF, la Asignación Universal por Hijo o  la recuperación de los fondos jubilatorios honraron reclamos y luchas populares precedentes.

Néstor Kirchner había dejado una “nueva normalidad” inexorable que fue sacada de juego -5 años después de su muerte- por el egoísmo de los que confunden lo que está bien con lo que les conviene y que propusieron el delirio retórico de “perder para volver” que nos puso en un tobogán hacia el infierno. Los mismos que llamaron «Frente» a un rejunte desesperado sin programa de gobierno y hoy nos siguen distrayendo con retórica justificando sus contradicciones y su falta de patriotismo y sensibilidad social en que son “una alianza diversa”.

La ausencia de una dirigencia capaz de haber cuidado los logros -y hoy  de recuperar el camino- es el déficit más grave que padece el movimiento nacional y popular que se llama peronismo. El secuestro del Partido Justicialista por una camarilla de encaramados que se resiste desde hace décadas mediante argucias a devolverle la democracia interna -lo que la urgencia nos hizo aceptar- se manifiesta en una burocracia de facto y el déficit mortal de cuadros formados en la doctrina. Néstor Kirchner lo había visto temprano y reclamó el fin de ”la teoría del jefe” rogando que no quería tropas disciplinadas sino transgresores capaces de señalar los errores. Por eso apostó, ilusionado, a los jóvenes creando en sus últimos días de vida la “Juventud Sindical” y la agrupación “La Cámpora” que se convertiría en una proveeduría de funcionarios que rápidamente se convirtieron -salvo sus excepciones- en la paradoja impensada de burócratas de nueva generación como sus antecesores del grupo Sushi, los Yuppies menemistas y la nefasta Junta Coordinadora del “Coty” Nosiglia y el Alfon-Cinismo. El resultado es que los jóvenes de la política son igualmente repudiados hoy que los viejos burócratas para los jóvenes del pueblo que se ven empujados -a fuerza de decepciones- a mirar con simpatías (en la ausencia de otras) alternativas reaccionarias, individualistas, apátridas y liberales.

De “hombre del destino” a “ausencia inoportuna” los hijos putativos de Néstor Kirchner crearon la paradoja maldita de un “kirchnerismo autopercibido” que ejecuta una explicita militancia  que cultiva (y alienta y justifica) la obsecuencia que es lo contrario de los principales propósitos de Kirchner para la juventud. Mientras tanto, los que celebramos y nos encolumnamos en su clara conducción nos resistimos, con lo que nos queda, a aceptar que el modo kirchnerista de ser peronista haya muerto con él, el 27 de octubre de 2010.