Maradona el día en que lloramos todos

Por Ariel Magirena

No te necesitábamos peronista, Diego. Alcanzaba con todo lo que eras y como nos representabas  en nuestras pasiones y en nuestras contradicciones;  es ahí donde el hecho de que fueras peronista se hizo inexorable.

Fuiste nuestro espejo y ejemplo. Aprendimos con vos y tus dolores mientras te mostrabas como eras, sin especulación ni disfraces.

Cuántas veces quise ser vos por lo que decías más que como jugabas, que era absolutamente inalcanzable para otro ser humano.

Un Dios plebeyo y vengador que se atrevió a ser hombre y se cargó en sus titánicas espaldas lo que la clase política no se atrevió ni hoy se atreve.

Habrá la posibilidad de un manifiesto antiimperialista más contundente y ético que jugarse la moral burguesa por amor a la Patria contra los ingleses y –consumado- expiarlo con un gol que fue el poema  más bello y épico de la historia del fútbol?

Se atrevió dirigente alguno a poner el cuerpo, la voz, la imagen y su prestigio en oponerse al saqueo mientras la política se repartía entre los que traicionaron el mandato popular de ser oposición y los que se asociaron abiertamente con los saqueadores?

Escucho en la radio el despropósito de los petulantes elegir “con qué Diego se queda” cuando Diego ha sido todo.

Diego es la metáfora de la Argentina acosada por los perversos y capaz de resucitar de las cenizas mil veces mientras su corazón sufre. Tal vez su muerte nos avisa del riesgo de que un día también la Patria muera por una falla en el corazón a fuerza de instalar desde el marketing y las corporaciones el veneno de la fragmentación y el odio y de perpetuar  la injusticia social, el dolor de los pobres que el Diego nunca olvidó.

Diego el redentor. Nació en el barro del mundo negado, encontró una fisura en el sistema y se atrevió a concretar sus sueños, no sólo con talento sino con trabajo. Lo vimos lesionado, infiltrado, gordo, drogado y repuesto de todo. Padeció la desilusión y el robo de amigos de su infancia y del barrio. Lo vimos cambiar de entorno, rodearse de parásitos y defenderlos con amor, inmerecido como puede ser el amor, y con pasión hasta cuando pudo verlos.

Diego el malquerido. Lo vimos caer en la trampa que le tendieron los poderosos a los que enfrentó desde que su voz tuvo influencia y soportar el juicio de los mediocres. Y vimos en él lo que significa ser fustigado por los medios. Enfrentarlos y vivir para lucirlo.

Diego hermano, amigo, compañero. Si todavía no sé dónde te vamos a despedir -en esta pesadilla de barbijos y prohibición de los abrazos- en el día más triste de nuestros días, cuando tantos que discutimos hasta el color de la vida nos sentimos solos al unísono.

Ariel Magirena